
En el día de ayer, en medio de la celebración de mi cumpleaños, me detuve un momento a reflexionar acerca de cómo se ha mal-transformado nuestra sociedad.
Hace una década (muchos años para mis 21), he visto conversar a muchas personas sobre la pérdida de valores y el fenómeno de la transculturación, un problema más (y quizás el mayor) heredado de la súper-archi-recontra y mega abusiva potencia Estadounidense y los gorgojos antiquísimos de la madre patria y demás camajanes. 
Recuerdo una infancia llena de actividades tradicionales y de usanzas autóctonas. Las anécdotas de mis antepasados ya muertos, y los vivos también. Llegan a mi mente las remembranzas del día de San Andrés (la fiesta blanca y no el White Party de ahora), los aguinaldos, los emotivos días de las madres y de los padres, el califé y los tiznaos del carnaval, muy a lo criollo, y no el actual "Mardy Grass" y las fiestas de disfraces.
Pero hasta el comercial día de San Valentín en que todos andábamos de rojo, que con el paso del tiempo y nuestro afán de ser “diferentes” tanto ha cambiado. La navidad llena de charamícos, el puerco en pulla y las acostumbradas fogatas. En ese momento volví en sí y realmente al ver el presente encontré una muy fuerte ruptura con mis raíces y peor aún, lo que se vislumbra en el futuro. 
¿Y que eso no tiene solución?¡Bueno!, pese a lo grave de la diagnosis, hay una sola alternativa para curar el inmenso mal que nos aqueja: impulsar a las generaciones futuras a que conozcan más su historia, es la única opción para romper el circulo vicioso de nuestra querida historia republicana.

